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Yo me visto de luz y de arrayanes
cuando te veo, y de sombras
los días de lamento.

Con sotana y sandalias
cúbrome los adentros,
y para las tardes claras
guardo un sombrero de Panamá
y los zapatos rumberos.

Vestido de sonrisas
voy a tu encuentro,
recalo en tu cuarto,
me comería tus pechos
si el monje que va conmigo
me dejara.

¿Qué hábito llevo? Me pregunto.
¿Soy de claustro y celosía
o de tus carnosos besos?

Con corbata me encorbato
los días serios. Es una
terrible horca en el cuello.
Pero de seda y guayaba
tengo las ganas
y de sol moreno la risa ancha.

No sé que traje ponerme
cuando el cielo navego,
ni qué hacer con los ojos
si el mar contemplo.
¿Debería llevar gafas, una visera,
o tatuarme el pecho
con nombres de sirenas?


¿Soy el saco, los zapatos,
los pantalones negros?
¿Es el hábito o soy yo,
desnudo de afuera a dentro?


Abierto el portón
entróse enmarcado el rostro.
¿A quién engañar?
Accidentada geografía
de agridulce trago.

Reconozco los ojos,
ha tiempo me vigilan.
También los labios,
abrasados por la sed
y comidos por tu hambre.

Puedo ver tras ellos,
un colibrí párvulo
en su afán de trino y ternura.

Es un amor que con los años
ha crecido con esbeltez quinceañera
y aguarda que el canto antiguo de las sirenas
lo rescate del tedio diario.

Con la nariz es otra historia,
ella sabe de mis fechorías:
agrias recetas,
oscuras hendiduras
y rincones prohibidos. Siempre
buscando esa flor, ese aroma,
ese algo qué sé yo,
que embriague aunque la resaca
deje un regusto amargo.

Nariz que con la edad
se va afilando
y asemeja una extraña hipotenusa.
Confieso, la tengo un gran cariño.
Espada es, chimenea,
anzuelo interrogante, proa de barco.
Lo que le falta a la razón, ella lo suple
con su intuitiva sabiduría.

Al mirar hacia abajo,
sorprendo un cosquilleo antiguo,
reconozco rápido el tacto
de unos dedos, hormigueo sedoso,
que me transporta a una noche,
una ausencia, la otra mitad
alzada sobre los años.

Me quedo un tanto perplejo
observando este rostro,
y pienso que a sus puertas,
de puertas adentro,
algo especial se cocina,
porque a pesar de tanta arruga
y tanto pómulo estrafalario,
hay un algo de belleza serena
que consuela cuando,
como todas las mañanas,
me atuso el rostro afeitado.

 

LLover a cántaros de DÍAS DE LLUVIA Y OTROS SOLES, 1987

Basta de DESPEDIDAS, 1987

Carta a mi niña de ¿QUIÉN ERES TÚ BETTY BLUE? 1991

¿Cuánto lleva a un hombre construír su casa? de ACRÓBATA DE TERNURAS, 1994

Amor a la oreja de AMOR A LOS CUERPOS, 1997

El nacimiento de SALMOS DE LA MATERIA, 2000

Piqueteros del Paraná de ALFABETO DE AUSENCIAS, 2002

Rutas Patagónicas de ANOTADO AL MARGEN. CUADERNO DE RUTA, 2006