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(A
Mempo Giardinelli y Natalia Porta,
en el Chaco argentino)
Tierra
pareces triste
y el río tan sólo
enjuaga las limosnas.
Bloquearon
el puente
que cruza el Paraná.
Son piqueteros, desempleados,
arruinados del tálamo,
huérfanos del pan.
Los
veo hincarte el azadón,
limpiar cloacas , besarle
en la mejilla a la niña
que ahueca la barriga
y pare nada, serrín,
arena agonizante.
Alguien
dice basta
sin que amaine el empeorar.
Alguien vuelve sobre las afrendas,
procesión común, sobre
este pasto despeinado y turbio.
Es
la hora de hacer,
avanzar, gritan otros.
Es el año del sombrero
y adelante. Es afilar.
Es quién sabe qué salvaje
intemperie y cuántos unos.
Han
abierto el puente
tras la sangre. Los desocupados
se llevan los féretros.
Van atravesando el último arco
sobre el río que, a jirones
de impotencia, arrastra
la rabia enredada en los dientes.
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Caminos
a ninguna parte.
Ninguna parte cruzada
de caminos. Rosario de piedras
sobre la cicatriz que el viento
hombrón atraviesa en la tarde,
cuando los guanacos se cortejan.
Hoy es hoy y ayer fue,
no hay duda, estepa lánguida,
ruta de los ñandúes y los astros.
Osamenta calcinada
por las reglas implacables
que el sol impuso a sus criaturas,
las dibujadas de sombra, las serias,
las sedientas, las otras,
las pálidas criaturas hijas
del hielo y sus secretos.
Luego
un hombre, una mujer,
el primer pie, la obstinada sandalia,
formaron surcos de rueca
sobre la tierra que se abrió,
como un parto, al monótono
quehacer de los talones,
al obsesivo afán de hallar
la nada, la cara oculta del sur,
la huidiza Ciudad de los Césares.
Y
la ruta 40 se formó sin presagios
allí donde los pies cultivaron polvo
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