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Querida
niña: te escribo
para decirte que ya nada deseo
sino ese perfume largo y delicado,
imperfecto quizás, pero exquisito,
ese aroma sucesivo de hoja fresca
y tálamo húmedo, ese olor a vida
que exhalan los mundos, infantiles
mundos de hojaldre y ciempiés.
Te
cuento esto, mi pequeña amada
de dos años, para que sepas y anotes
en tu certero diario de memorias
que el mío, no es un corazón con chapa
de héroe, sino una cajita de tela
que guardo con sollozos de niños,
con chicharras y grillos que hacen
música, un lugar donde los cisnes
y los dragones se enredan
en sus tertulias de amor y llanto.
Pudiere
suceder, qué cosas
terribles digo, que otros juegos
horribles de hierro y cartón,
ahogaran la virginidad de este diálogo.
Habría entonces que hacer
sitio tristemente al vampiro
que arranca besos de sangre
en las calientes arenas de las muchachas. |

¿Cuánto
lleva a un hombre construir su casa,
ladrillo con ladrillo y piedra?
¿Con cuánto amor y argamasa
se construye? ¿Y quién la habita?
Albañiles
dijeron que es el techo,
los cimientos, la tercera cornisa
o el muro sideral, la parte
más difícil, la más precisa.
Cada
enjuto peldaño, cada alegre baldosa,
cada florido tabique, puja su porfía
de casa, de hogar, de confusa dicha.
¿Cuánto
vive una casa, cuánto
las risas y las inauguraciones,
los encuentros diarios, las citas furtivas?
¿Cuántos
ruidos pueden cosecharse
en doce meses, voces chiquitas,
gripes, desalientos, noches largas
de amor, ramas benditas?
¿Cuánto
lleva a un techo derrumbarse,
y cuánto a la hiedra subir por las aristas,
las grietas del desagüe, los picotazos
porosos de las ventanas mordidas?
¿Cuánto
lleva al olvido reinar en los escombros?
Quien construye una casa, ¿por qué la deshabita?
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