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Con
su oreja de algas,
caracola de estrías enredadas,
una mujer duerme mientras
escucha la voz lejana.
Duerme un sueño de agua,
de corrientes que entran
por las ventanas
y dejan emociones prendidas
en los embudos obscuros
de los tímpanos.
Es
en la oreja donde
retumban las intenciones malas,
las voces de castigo,
los gritos estridentes
que todo lo mentan
con diente de ayuno,
con tono de esposo presuroso
o miedo de niña.
Quiero
bajar a tu oído,
quiero rectificar
la colcha arrugada
y declarar el sí rotundo,
el compromiso fulgurante,
la pasión violeta
con mi lengua de junco.
Quiero,
en tu oído-campana,
derramar la gota-palabra,
la palabra-semen que engendra
poemas e ideas altas,
verdades como puños
en la tierra temprana.
Quiero
fecundar tu vientre-caracola
con mi voz de estrella enamorada.
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Cuando
subió a la falta
del fondo del silencio,
tan sólo era un suspiro
en el mar de su cuerpo.
De
bolsillo a cintura
navegando en el talle,
siguiendo el rastro dulce
de su pezón lechoso.
Liviano
el tiempo era,
gozoso el cuerpo húmedo.
Subir desde su vientre
alzándose a la boca,
ajeno
al remolino
de huérfanos del mundo,
alfabetos de espuma
hirientes y cortantes.
Intuyo
ese vagar
por el cuerpo de aromas,
como una noche incierta
en un tiempo sin ruido.
Cuerpo-ángel
de candores,
inocente cópula,
como el tacto del viento
en el envés de la hoja.
Caricias
sin codicias
en un lugar sin nadie.
Clamor de la inocencia,
constancias de la ola.
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